Tiene casi 3 años.
Es su primera «gran herida» con esta conciencia que te dan los 3 años.
¿Cómo le he acompañado?
Acompañando sus emociones.
Nombrando lo que le está pasando.
Él ha llorado.
Me he acercado tranquila.
Me he quedado a su lado.
Le he dado el tiempo para sentir lo que le está pasando.
¿Quieres que te agarre?
No.
Él no llora con golpes leves.
Cuando son golpes algo fuertes le cuesta llorar.
Así que…
Ese «no» me sonó a «yo debo sostenerlo».
Y sí, tiene que sostenerlo, pero acompañado le será más fácil.
Y este es mi papel.
Así que…
Cambio de estrategia.
No le pregunto.
Le digo te agarro.
Él se ha acoplado a mi cuerpo y ha podido llorar más.
Te duele, lo sé.
Luego ha necesitado aceptar ir a limpiar la herida con agua.
Al llegar al baño ha llorado otra vez.
Le he explicado que yo debía limpiar la posible mierdecilla y que él sentía la zona más sensible.
Le he repetido que es la sensación de la herida que tenía.
En menos de 1 minuto hablaba de otras cosas.
Hemos reflexionado sobre cómo se está sintiendo ahora mientras le limpio.
Me ha dado la razón que no era doloroso.
Momento tirita.
Él creía que dolería y ha llorado anticipadamente.
Con mi explicación y firmeza, se la he puesto entre lágrimas.
Me ha pedido que le cargue, decía no poder andar.
Yo necesitaba bajar a un cuarto de relativamente difícil acceso y él quería venir conmigo.
Le he dicho te llevo hasta arriba, pero no puedo bajarte.
Si quieres venir, tendrás que bajar tú o tendrás que esperar arriba que yo subiré pronto.
Arriba me dice no puedo andar.
Ok hijo, pues ahora subo.
Creo que le tiraba la tirita.
15 segundos más tarde
¿me ayudas a bajar?
¡Claro hijo!
De la mano ha bajado andando.
Este trato empezó desde el momento en que nació.
Mi curso sobre el recién nacido te explica cómo.
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